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Litio por casualidad

21 marzo, 2010

Philippe Pinel libera a los alienados de sus cadenas en el hospital de la Salpêtrière, París, 1794

Mediados del siglo XX, tratábase de una época de constante movimiento en la Medicina, de mucha inquietud, y de grandes descubrimientos. En el ámbito de la Psiquiatría la cosa no iba a ser menos. Partidarios y detractores de infinidad de teorías sobre la mente y el comportamiento humano se intentaban abrir paso entre los eruditos: E. Kraepelin y sus ideas sobre la fisiopatología y genética de las enfermedades mentales, S. Freud con su teoría del psicoanálisis, F. Alexander y la medicina psicosomática, E. Fromm y la psicología humanista, el descubrimiento de la clorpromazina como primer psicofármaco… ¿primer psicofármaco?

El paciente psiquiátrico había dejado de demonizarse desde que Philippe Pinel, médico francés de finales del siglo XVIII “rompió las cadenas” de los enfermos mentales y sentó las primeras bases de las escuelas psiquiátricas aprovechando el movimiento humanista que había traído consigo el siglo de las luces. A partir de ese momento, el “loco” dejaba de considerarse como tal. Estos pacientes debían ser tratados dignamente como enfermos mentales, y por tanto con el derecho a ser cuidados de manera noble por el personal sanitario cualificado para ese fin. Durante todo el siglo XX brotaron numerosas teorías sobre el tratamiento psiquiátrico: desde la lobotomía descontrolada –que lejos de curar más bien convertía al paciente psiquiátrico en un zombi–, hasta otras alternativas como la terapéutica electroconvulsiva o la terapia psicológica, para más tarde llegar al descubrimiento de la clorpromazina que abriría la veda a la psicofarmacología.

Y en estos tiempos nos movíamos cuando un doctor australiano llamado John Frederick Joseph Cade se encontraba investigando acerca de los orígenes de la manía en el paciente maniaco. Estaba casi seguro de que la razón por la cual sus pacientes se comportaban siguiendo un perfil maníaco residía en una alteración del metabolismo que dañaba directamente al cerebro, de forma análoga a como ocurre con el aparente nerviosismo típico de los pacientes hipertiroideos. Sin dudarlo, se puso manos a la obra a investigar con cobayas en su laboratorio de Melbourne.

Algún metabolito tóxico debía estar detrás, según Cade, de esa alteración metabólica. Al doctor, no se le ocurrió sino la genial idea de buscar esa toxina en la orina, pues pensó que toda sustancia nociva para el organismo acaba eliminándose indefectiblemente por vía urinaria. Así que, sin pensárselo dos veces, recogió muestras de orina de sus pacientes enfermos y de algunos individuos sanos que usaría a modo de controles, y las inyectó intraperitonealmente a las cobayas. Resultado: todas muertas. A pesar de los hechos, el doctor Cade, empecinado, pareció darse cuenta de que el efecto tóxico que causaba la orina de los pacientes maníacos era bastante superior al de los controles. Esta observación que Cade anotó en su cuaderno, aún siendo manifiestamente errónea –pues la orina de cualquiera de las muestras, enfermos y controles, debió ser igual de tóxica para las cobayas– le llevó a no dar por concluido su experimento. Lo que hizo posteriormente fue aislar los componentes nitrogenados de la orina para intentar identificar la sustancia tóxica de la manía. Como cabía esperar, lo que Joseph aisló fue urea (tóxica de por sí) que al inyectarla de nuevo en las cobayas acabó matándolas, una vez más, a todas. A partir de entonces Cade se obstinó con añadir a la urea otra sustancia que pudiera limitar o amplificar su toxicidad para así desenmascarar el compuesto “problema” que iba buscando. En primer lugar decidió probar con una mezcla de urea más ácido úrico. Pero he aquí otro obstáculo a sortear, el ácido úrico es un componente difícil de trabajar debido a su limitada solubilidad en agua, así que para hacer el ensayo más cómodo usó la versión más soluble del ácido úrico: el urato de litio.

Cuál fue su sorpresa cuando al inyectar el urato de litio en la nueva remesa de cobayas éstas reaccionaban de una forma inesperada: quedaban relajadas, atontadas, pero no morían. Rápidamente el doctor Joseph Cade pensó que el ácido úrico podría haber sido la clave… ¿o había sido el litio? En su siguiente experimento inyectó a las cobayas carbonato de litio junto con urea, observando idénticos resultados que en el ensayo anterior. Finalmente concluyó que el litio, por sí mismo, era capaz de relajar y no matar a las cobayas.

Dada la emoción del momento y como viene siendo costumbre entre los investigadores de la época –y quizá motivo de otro post– el doctor Cade no dudó llevar a cabo el experimento en su propia piel, de tal modo que se inyectó una dosis de litio que para él resultó ser afortunadamente inocua. Una vez comprobada la “seguridad” del litio, procedió a probarlo en 10 pacientes maníacos, 6 con esquizofrenia, y otros 3 con trastornos del humor. Observó que los 10 pacientes maníacos respondían al tratamiento de una forma espectacular, llegando a abandonar el hospital a las pocas semanas de iniciado el tratamiento y con su enfermedad totalmente controlada.

¿Y qué pasó a partir de entonces?

Los descubrimientos de John Frederick Joseph Cade cayeron en el olvido hasta que fueron rescatados por Baastrup y Schou en 1967 como tratamiento efectivo en el trastorno bipolar. La FDA americana no autorizó el tratamiento con litio hasta 1970. A partir de entonces este elemento ha sido y es parte fundamental dentro del arsenal terapéutico en el trastorno bipolar y episodios agudos de manía, pese a haber sufrido todos los problemas habidos y por haber derivados de su comercialización. El litio fue un producto abandonado a su suerte por los laboratorios farmacéuticos ya que al ser una sustancia natural no está permitida su patente y no resultaba rentable.

De este modo se puede decir que el litio fue el primer medicamento psicotrópico conocido, incluso antes que los neurolépticos y los antidepresivos. Todavía no se conoce bien su mecanismo de acción, y requiere de controles plasmáticos para evitar su toxicidad (su rango terapéutico es muy estrecho): temblor, diarrea, deterioro cognitivo, arritmias, úlcera péptica, exacerbación de patología cutánea, hipotiroidismo, convulsiones, delirium, coma… Pero no hay peligro alguno si se usa de modo adecuado.

En definitiva, si el señor Cade levantara cabeza podría ser consciente de que hoy día todavía no se conoce “sustancia tóxica” alguna en la orina de los maníacos que pueda alterar su cerebro, ni se ha constatado que la orina de estos enfermos psiquiátricos tenga un mayor componente tóxico que la de los sujetos sanos. Es decir que las teorías del Dr. Cade pecaban de erróneas prácticamente en su totalidad. Fue su obstinación en una idea y su capacidad de observación la que finalmente le hizo obtener, por casualidad o por suerte, el mejor fármaco para controlar la manía. ¿Serendipia?


Para saber más / Referencias…

Imagen "John Frederick Joseph Cade" por ADB (Copyright)
Imagen "Philippe Pinel libera a..." por Tony Robert-Fleury

3 comentarios leave one →
  1. Neytiri permalink
    21 marzo, 2010 9:20

    qué curioso eh? y sigue siendo el mejor… pues qué guay!

    como diría un amigo mío “grandes acontecimientos de nuestra vida son fruto de nimiedades que han cambiado la historia” (o algo así! verdad? jejej). Pues benditas nimiedades impredecibles! hacen del mundo un lugar más espontáneo y divertido! (divertido? bueno, diré sorprendente! jeje, aunque para mí divertido está bien!). Si hacen el mundo menos predecible, menos reproducible y más “azaroso”, lo hacen también menos científico pero… eso mola!
    Me he ido del tema, pero es que me encanta que se haya descubierto así.. la serendipia me emociona! Pensar que puede haber alguien “rompiéndose el coco” intentando hallar una respuesta y que llegue otro y le aparezca así de repente, hale, como regalada, me parece superguay! Pero tiene que haber quien investigue y siga el método científico estrictamente para que pueda aparecer de vez en cuando, en todo ese orden, un pequeño caos espontáneo de esos de “hale hop!!” (no sé por qué, pero es la onomatopeya que, según mi mente hipomaniaca, le corresponde a la serendipia) que reorganice el cosmos previo y dé la solución, jejej.
    Ahora tengo más ganas de ponerme a estudiar, fíjate tú! jejej. Thanks Mike!😉

  2. sonia permalink
    10 mayo, 2010 1:54

    me pregunto qué puede pasar si se da una automedicación con litio

    • 10 mayo, 2010 14:34

      El litio es un fármaco con un estrecho margen terapéutico, ello quiere decir que las dosis han de administrarse con mucho cuidado y deben realizarse controles plasmáticos cada cierto tiempo. Debe ser recetado y controlado por un médico. Antes de iniciar un tratamiento con litio hay que hacer diversos estudios analíticos.

      Si una persona se automedica con litio corre el riesgo de intoxicarse. Una sobredosis leve puede producir apatía, sopor, falta de concentración, ataxia y aumento del temblor habitual. Una sobredosis moderada puede dar lugar además a disartria, mioclonías, pinchazos y frialdad. Una sobredosis grave disminuye el nivel de conciencia incluso hasta llegar al coma vigil, hiperreflexia, convulsiones y alteraciones renales, cardiacas y cerebrales. En casos de sobredosis severa hay que hospitalizar al paciente e incluso llegar a realizar hemodiálisis.

      El litio es un buen fármaco pero hay que saber usarlo correctamente, siempre en manos expertas de un médico, pues hay en casos en los que está totalmente contraindicado (p. ej. embarazadas en 1er trimestre o lactancia, nefrópatas…), además insisto en la importancia de los controles periódicos de litio en plasma.

      Un saludo.

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