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Mil sombras fugaces y un ascensor

18 febrero, 2011

Expósito tiene ochenta y tres años. Madrugador y envuelto en su viejo tabardo, provisto de guantes y bufanda de lana hechos a mano, camina como cada día al quiosco de la esquina a comprar el periódico. Son las 9:17 de la mañana. Llueve. Cinco grados marca el termómetro de la avenida. Un joven estudiante de medicina, cansado, con legañas en los ojos y dolor de cabeza por haberse acostado tarde estudiando se dirige hacia el hospital por no hacer mudanza en su costumbre.

Suena el teléfono en casa de Pilar. Pilar es una anciana de setenta y nueve años, que si consiguiese estirar el espinazo no mediría más de un metro y cuarenta. Tiene mil ciento cincuenta y tres arrugas en la cara, unos ojos chiquititos que le sirven para distinguir las cosas a no más de tres metros de distancia y una simpática sonrisa por los años ya desdentada.

«Es un euro y diez céntimos, caballero». Expósito, periódico bajo el brazo, toma rumbo de El Rincón de Paco, barecito donde toma café todas las mañanas. Un traspié.

El estudiante, mojado a pesar del paraguas, entra en el hospital por la puerta lateral, acceso que casi ninguno de sus compañeros conoce pero que lleva directamente a la sala de espera de Radiología. Dentro hace calorcito. Se sienta como un paciente más en una de las incómodas y frías sillas del habitáculo, total, aún queda un cuarto de hora para empezar.

Vuelve a sonar el teléfono. A Pilar no le dio tiempo a cogerlo la vez anterior. Es raro, pues nunca nadie llama a esas horas de la mañana. «¿Es usted doña Pilar?» Dice la telefonista.

En una fría mañana de febrero, cosas del azar o cosas del destino Expósito da un paso en falso al cruzar la calle y se desploma quedando tendido en el asfalto tras haber contundido con la cabeza en el pavimento. Son las 9:45 de la mañana. Llueve y hace frío. La gente se agolpa rodeando al anciano. «¡Que alguien llame a un médico!».

El tiempo pasa lento. Las gotas de agua se deslizan por los ventanales. El estudiante recoge sus bártulos y se levanta de la silla al tiempo que las luces rojas y naranjas de una ambulancia reflejan en los cristales. ¡Hay que ver cómo huele a hospital, es un olor a limpio que estremece! Algún día se acostumbrará, cosa que con toda probabilidad no harán nunca sus pacientes.

«Doña Pilar, su marido ha sufrido un accidente y ha tenido que ser hospitalizado». Sucumbiendo a la desgarradora noticia el auricular del viejo teléfono cae a plomo desde sus temblorosas manos. Por parecer ciertamente inverosímil todavía me cuesta entender cómo es posible que de unos ojos tan chiquititos puedan emanar tantas y tantas lágrimas. Hacía siglos que Pilar no salía sola de casa, pues nunca acostumbraba a ello sin sus dos inseparables apoyos: su bien avenido cayado y su amado esposo. Como ocurre en los sueños, toda su vida reflejose en su mente como un relámpago. Ha parado de llover y el frío lo restaba la vieja mantita de cuadros que se había echado a los hombros para, bastón en mano, iniciar pasito a pasito el camino al encuentro de su marido.

En el despacho médico nuestro estudiante se pone la bata, arrugada para variar, y mete el fonendo en un bolsillo sabiendo de antemano que muy probablemente, como marcaba la tradición, tan sólo haría funciones de mero decorado. Tocaba emprender la búsqueda de todos los días, «¿dónde estará mi médico?».

La TC revela que no hay hemorragia. Expósito se ha despertado. Quiere ver a su mujer y pide a la enfermera que la llamen por teléfono. Tenía el húmero derecho roto en tres o cuatro pedazos, varias costillas fracturadas, quince puntos de sutura en la cabeza y otros cuatro en la ceja, la cadera derecha luxada y un susto de muerte en el cuerpo.

Pilar no había tenido hijos, toda su vida había sido su marido. El hospital es muy grande. Inmenso. La pobre ancianita de las mil ciento cincuenta y tres arrugas, que ahora eran mil ciento cincuenta y siete por el disgusto, parece una hormiguita perdida en un gran hormiguero. Un sentimiento de desesperanza le invade pero aún tiene fuerzas para seguir vagando por aquella mole de azulejo y hormigón. Por su lado pasa gente vestida de blanco, de verde, e incluso de rosa y de amarillo… todos pasan de largo, como agua que fluye, demasiado rápido. Desde luego mucho más rápido que su limitada capacidad para captar la atención de cualquiera de ellos, estresados, con objeto de preguntar cómo se llega a la 602.

Habitación 602 cama 1. Expósito está fuera de peligro, o eso parece, pero muy magullado. El cirujano ha pasado a decirle que tendrán que operarle de urgencia pero que antes le harán unas pruebas. Era la primera y quién sabe si la última vez que pisara un hospital. «¿Han llamado a mi mujer?». Las palabras quedan en el aire, se hace el silencio, tan solo roto por la voz de un estudiante de medicina que pregunta por su médico a un cirujano repeinado que sale de la habitación 602. Los hospitales son lugares fríos, sobrios, a veces fantasmagóricos y laberínticos, tanto que incluso a la gente más avispada le cuesta dar con el objetivo. «La coagulación está bien y parece que está estable, vamos a operar», musita la repeinada voz perdiéndose entre las enfermeras.

El joven estudiante continua vagando frustrado por el hospital después de 45 minutos. Decide sentarse en una de las miles de sillas de uno de los cientos de corredores antes de proseguir con la búsqueda del arca perdida. Al fondo del pasillo tiene a bien fijar su mirada en una ancianita de aproximadamente unos setenta y nueve años de edad que se acerca tímidamente con pasos pequeños pero firmes, encorvada, auxiliada por un viejo cayado de madera barnizada, y mil ciento cincuenta y siete arrugas en el rostro. El estudiante se percata de cómo la entrañable abuelita amaga llamar la atención como aquel que desea preguntar algo y no se atreve, sin acierto, de entre las mil sombras que a su lado transitan fugaces. La anciana de ojos chicos parece seguir su curso a ninguna parte. El estudiante, curioso, se levanta de la silla e intrigado le sigue.

Éste es el preciso instante en el que, el todavía proyecto de galeno, entiende por qué la fortuna o el destino habían querido que aún no hubiere dado con su médico. Doña Pilar, setenta y nueve primaveras a sus espaldas, mantita de cuadros a los hombros y varias lágrimas ya secas cayendo de sus brillantes ojos chicos, triste, apenada, permanece inmóvil delante de uno de los ascensores del centro sanitario. El futuro médico le observa desde la lejanía mientras se aproxima conmovido. El ascensor no baja y la abuelita insiste llamando una y otra vez sin mayor éxito. Nadie más, sólo el estudiante, parece percatarse de lo que allí está sucediendo. La entrañable anciana está intentando incesantemente llamar a uno de los montacargas del hospital presionando una y otra vez lo que, lejos de ser un llamador, tratábase en realidad de la cerradura para la llave de personal.

¿Cuán culpable merece ser una ancianita que apenas es capaz de reconocerte a tres metros de distancia y cuyos dedos, insensibles por los años, son ya incapaces de distinguir un simple interruptor de una compleja cerradura en un mundo lleno de dispositivos electrónicos tan extraños y desconocidos? «Disculpe señora, ¿puedo ayudarle?»

No hacía falta haber estudiado medicina para resolver este caso. Diagnóstico: mil sombras fugaces y un ascensor. Tratamiento: bastaba que alguien, quiensea, se hubiese dignado en acompañar a una desorientada anciana a su destino, su recién hospitalizado marido. Aquel día nuestro estudiante terminó su jornada con una sensación agridulce. Agria sólo de pensar cuántas personas como Pilar sufrirían la indiferencia ajena cada día en los hospitales y dulce por la irrepetible escena del reencuentro de una pareja añeja, en la 602, abrazándose entre lágrimas de alegría y besos de añoranza. Ese día supo que no hay sentimiento más grande que el de haber ayudado a alguien que de verdad lo necesita, ese día definitivamente fue consciente de que por alguna razón inexplicable de verdad quería ser médico. A partir de entonces nunca jamás olvidaría que el paciente y su familia, con sus ideales y su vanidades, con sus pensamientos y sus costumbres, antes que paciente y familia son, como tú y como yo, seres humanos.


Imagen "Elderly couple" por i.tokaris (Creative Commons) 

5 comentarios leave one →
  1. Vicente Baos permalink
    18 febrero, 2011 19:50

    Muy bueno. Enhorabuena

  2. 19 febrero, 2011 0:50

    Precioso Miguel. Y esa ciudad lluviosa no sería Murcia, ¿verdad? jej
    Enhorabuena😉

  3. 19 febrero, 2011 15:54

    Muchas gracias a los dos! Y sí, esa lluviosa mañana le pertenece esta vez a Murcia🙂

  4. 20 diciembre, 2011 21:33

    Enhorabuena doctor,ha conseguido sacarme unas lagrimillas en mi primera visita a su blog🙂 En días como hoy, fríos y dominados por la aburrida cadencia del estudio MIR viene bien que alguien le recuerde a una que no se ha equivocado, que todo esto de la medicina tiene un sentido. Enhorabuena una vez más y gracias

    • 20 diciembre, 2011 22:56

      ¿De verdad he conseguido todo eso que dices con el relato?😳 Gracias a ti por tu sinceridad. En cuanto al MIR tan solo decirte que a partir del día del examen uno deja de sentirse estudiante para pasar a sentirse medicucho y ésa es una de las sensaciones más bonitas que he experimentado jamás, merece la pena el esfuerzo, ya lo verás!!😉 Mucho ánimo @María!! Y espero que sigas pasándote por el blog!!

      Pd. Si quieres leer un buen relato de verdad te dejo aquí un enlace… yo en su día me deje un paquete entero de pañuelos leyéndolo😉 http://bit.ly/7Lx7f2

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